martes, 7 de enero de 2020

Con otros ojos


El primero, y principal, propósito de este año presumiblemente mágico no es más que seguir buscando retos y metas que me hagan genuinamente feliz. Pero no esa felicidad happy hour, ni mister wonderful ni el ansia de ir sumando ítems a una checklist mogollónica. Todo es mucho más sencillo y por ello más difícil. Para empezar pretendo que las metas sean el camino, que las cosas avancen por un sendero de estrellas y si al final llegan a su puerto que sea el resultado de haber bailado la dulce danza de la victoria durante todo el trayecto. Se acabó predicar en el desierto, las torres de marfil y los cuentos de terror con promesas de final feliz. El tormento es una copa llena de veneno que derrama malestar de estómago y no paga facturas.

Afortunadamente las cosas sencillas, bonitas y prácticas han venido a darme una lección recién empezado el año que, por otro lado, acabó atropellándome por dentro y por fuera como una apisonadora. Anoche fue la noche de reyes. Ya como Cartero Real pude ver pasar la ilusión por ojos de los niños que venían, me contaban con ilusión, vergüenza, miedo.

Pero cuando de verdad he podido sentir la verdadera ilusión ha sido fuera de los cauces normales por los que transcurre la burocracia de la vida. Este año la ilusión apareció como de sorpresa en ojos que miran al cielo con inocencia, en ojos que se reflejan en el agua preparada en cuencos para los camellos, en ojos que dicen más que las palabras que escribe, en una ristra de cuentos que no se acaban por no irse a dormir la noche más larga del año. Toda esa ilusión, que ya parece que no cabe en el corazón de un adulto, me ha contagiado, me ha despertado el deseo de esperar lo mejor de este año mágico, de preparar las manos para abrazar un año que va a ser para retener en la memoria. De pedir a los reyes tres regalos y que uno de ellos seas tú.



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