domingo, 4 de noviembre de 2018

Detrás de la máscara


La máscara, una palabra que permite jugar con la metáfora, ese dardo directo al intelecto, casi de una forma inagotable. Hace casi mes y medio que me enfundé esta máscara y comencé a atravesar un túnel dónde por momentos no se veía luz al final. Puede ser que deambular tanto tiempo por la oscuridad me haya hecho creer que las luces de este fin de semana parecen un castillo de fuegos artificiales. Pero así es como lo siento.

A finales de agosto me maravillaba porque salía de un libro, acompañado de unos personajes de cuento que durante este último mes se han convertido en hermanos de carne y hueso, una familia muy peculiar, que no tiene motivos para dejar de crecer. Encontré a una bruja del sur que insufló voz a mis personajes de papel, y un superhéroe en busca de capa que domina como nadie el trueno y el rayo. A través de ellos encontré a un ejército de inocencia dispuesto a librar cualquier batalla que se le pusiera por delante.

Con estas peculiaridades llegó el momento, un loco buscando retos, dos payasos compartiendo hueso y como resultado una casa que de puro aburrimiento se convirtió en cáscara vacía de lo que debería ser. Llegamos, vimos y, de pura emoción, vencimos. Nos llovían las ideas, se encendían las luces y se nos vaciaban los vasos a altas horas del destino. De la manera que fuera, no voy a entrar en procesos, entregamos un proyecto de teatro inmersivo. No puedo estar más de acuerdo con la expresión, ha sido la experiencia más inmersiva de mi vida.

El guión fue una sucesión de casualidades cogidas con los palillos de una realidad que no nos hemos tomado la delicadeza de explicar (para eso están los epílogos como este) que se fraguan en las bambalinas de la escritura. Leopoldine, nuestra pequeña y misteriosa Leopoldine, fue la hija real de un célebre escritor, Victor Hugo (sí, nuestro Victor, el que aporrea las mesas) que tras la muerte de su hija, no por asesinato sino por accidente, provocó en el escritor tal estado de conmoción que empezó a frecuentar y organizar sesiones de espiritismo para intentar contactar con la difunta. Ese fue el disparador literario de una historia de fantasmas ambientada en una época victoriana que nos salía en todas las papeletas. Una vez liberados de los atados de la historia, forjamos los postulados del teatro inmersivo con la esperanza de pescar ideas en aguas que nos vinieran bien para el contexto. Llegaron las máscaras, llegó el circuito por una casa abandonada donde se respira teatro y llegaron la magia del sonido y la luz que nos han acompañado durante todo el proceso de creación.

Y llegó el momento de vestir a los personajes, de hilar una historia que los incluyera a todos, de rizar el rizo de todo lo que habíamos visto. Surgieron de las entrañas de nuestros pensamientos muñecas, niñas, un carnicero de almas, un ama de llaves con acento ruso, un cura abyecto, personajes todos surgidos de un imaginario colectivo pero con fines literarios dentro de este laberinto con forma de obra escénica.

Laberinto en cuyo centro se ha ido formando un estanque del agua de dos inundaciones que a punto han estado de llevar al limbo este nacimiento, estanque regado por las lágrimas de dolor de los participantes, otitis, fiebres, estrés, miedos escénicos, operaciones, hospitales e incluso una pérdida irreemplazable que congelaba la sangre de las venas de los que remábamos más cerca de la proa de este barco mecido por la tormenta. Bajo todo eso se ha extendido un manto de compañerismo, de ternura infinita, de mirar más a los ojos del de enfrente que a las cicatrices del propio cuerpo para confeccionar una red de confortable aspecto para mimar los tormentos personales. Un engranaje humano, un reloj infinito que finalmente ha bombeado terror, misterio y arte a partes iguales.

Bien lo decía mi personaje en la entradilla, “si viniste a buscar fantasmas por curiosidad o por morbo ya puedes quitarte esa máscara y salir por esa puerta...” aquí la sangre no ha sido más que un ligero sesgo en las lágrimas de unas niñas y la carne, bueno la carne incluso nos ha constado algún que otro disgusto sensitivo. Al final del velo lo mejor de este proyecto han sido los abrazos antes de empezar las funciones, los comentarios sobre los espectadores en la tregua entre escenas, los pequeños descansos para llenar la tripa de sueños y chocolate, las cañas con tonito después de cada ensayo, el noniná, el sonido de un piano o un violín siempre de fondo y en definitiva el trasiego de una familia forjada por amor al arte (aunque detesto el sentido malversado que ha devaluado esa frase) y que siento en lo más recóndito de mi alma que acabará sembrando, con aires de renovación, un nuevo amanecer cultural.

Y los que aún no crean en los sueños que sigan alimentando fantasmas en el fondo de sus conciencias.



lunes, 22 de octubre de 2018

Bailando con las Discípulas de Gea


El año pasado disfruté como nunca de la presentación de un libro, discípulas de Gea, del que fui mecenas y donde 36 autoras decían con sus dibujos, sus fotos y letras bien grandes lo que significa ser una discípula de la Madre Tierra, la fuerza femenina y nutricia que nos alimenta, el digno canto de una generación de mujeres dispuesta a ocupar el lugar que les pertenece, el sitio que la violencia y el maltrato nunca debieron ocupar.

Me siento orgulloso de tenerlo porque en esa pasada edición colaboraron, lo dieron todo, un buen puñado de buenas amigas, Sara, Belén, Ángela, Ana, Elvira, Rosa, todas  mujeres fuertes, mujeres sensibles, mujeres conscientes, que saben lo que tienen que hacer para mover el mundo y yo, que me siento tan parte de ellas fui a escucharlas, a hablar con ellas, compartir el momento, aprender y a comprar un libro hecho por una pequeñita editorial, de la que tengo ya no pocos libros, pero muy grande en corazón y en ideas, y que no se podía llamar de otra forma que INVENTA.

Doblemente orgulloso me siento de reconocer a un buen puñado de extraordinarias mujeres colaborando en esta nueva generación de Discípulas de Gea, Clara, Gracia, Sra. Naranja, Nuria, Sandra, todas ellas desde las letras, la pintura, incluso la música nos abrazarán en esta ocasión para volver a recordarnos que este libro se hace por conciencia colectiva y que colabora con el programa de Trata y Violencia de género de la asociación Guada Acoge.

Queda poco tiempo, y aún les queda un poquito por recolectar para que este árbol de hojas tiernas como poemas siga creciendo y se haga grito en la tormenta. Si quieren regalar un bonito recuerdo para empoderar a las mujeres fuertes que os rodean no desaprovechen la oportunidad, porque las Discípulas de Gea son voces que emanan de las entrañas de la tierra y tienen muchos secretos que están deseando compartir…

Aquí os dejo el enlace a la plataforma de mecenazgo con el deseo que veáis el vídeo de presentación, os encontréis entre sus textos, su voz, su música... y os unáis.




domingo, 26 de agosto de 2018

Como salidos de un libro...



Anoche volví a soñar con Castellar. Llevaba tres días viviendo en una continua urgencia, trabajos, presupuestos, compras, visitas familiares, hasta ahí el trasiego normal de la vida, pero cuando llegaba la noche y me tumbaba en la cama el sueño no llegaba, quizás estaba nervioso porque no sabía ya como solapar eventos, conciliar amistad con profesionalidad, deber con deseo. Si a eso sumas que trabajas con un esmerado grupo de profesionales, de esos que necesitas horas para que te sigan contando cosas fascinantes, el desgaste es mayor pero ganas la recompensa de la mirada.

Estos tres días he trabajado a altas horas de la mañana, he ensayado (sí, aunque el teatro ocupa casi un 30 por ciento de lo que leo, subirse a las tablas siempre lo he dejado para gente que ilumina a los demás con la luz de su mirada), he ensamblado tablas al calor del mediodía y me he dejado llevar por el rumor de un río de emoción que con los días sonaba más y más fuerte.

Y anoche, al fin, pude soñar. Soñé que salía de un libro. Soñé con George Wells, y vi salir de una máquina del tiempo a dos inventoras asombradas, una tropa de mercenarios con el escudo de Castellar que descargan la sonrisa por donde quiera que desfilaban,  a su señor, Don Juan Arias de Saavedra, con el ceño fruncido y la palabra encendida y a una juglar que paraba el tiempo con la dulzura de su voz.

Como ocurre a veces en los sueños todo empezó a volverse confuso e hilarante, y miraba alrededor y eran las calles de mi pueblo, pero miraba entre los jardines y veía mesoneras ofreciendo vino, aldeanos medievales vendiendo quesos, vino y toda clase de productos locales, vi al herrero golpeando el hierro, un joven tocando el contrabajo y un pueblo bailando junto y lanzando sus manos a los visitantes para que sean muchos más los que bailen la próxima danza del fuego.

Al amparo de la noche cada vez que alguien encendía una vela nacía una nueva estrella en Castellar, arriba, abajo, qué más da cuando el deseo es el mismo. Cuando Prometeo legó el fuego a los hombres, lo dio para todos, no para que unos hicieran de él su escudo y otros su arma. Y con la noche en el aire, el suelo encendido, los teatros entreteniendo a la gente y la bruja lanzando hechizos desde las sombras llegó el desenlace de mi sueño, en el que recuerdo que salí de un libro, con gorguera y pluma, de negro riguroso, que me llamaban Cervantes, o Fervantes, que el pasado se peleaba con el presente, y que mi intención en aquella disputa era que el futuro fuera menos combativo y mas cultivado y por supuesto menos solitario, porque solo con el apoyo constante se pueden hacer cosas cada vez más grandes, subir montañas más altas, conocer más y mejores cosas. Todo bajo la magia invisible de una buena dirección y una ejemplar producción, que son los hilos invisibles, el esqueleto de titanio, de toda obra de arte.

Y como de Cervantes va la cosa quisiera poner en evidencia una frase del Maestro que dice así: “El sueño es el alivio de las miserias para los que sufren despiertos, pero sea moderado en su sueño; que el que no madruga con el sol no goza del día” y es así como fui despertando del sueño eterno mirando los ojos circunspectos, cansados, del ánimo desparramado de aquellos que no solo durante una noche, sino que lo hacen el resto de sus días, pusieron el corazón en sus manos, una gran frase de una excepcional amiga, gran ausente anoche. Y es que eso de poner el corazón en la mano es tan gráfico, porque si con el corazón en tus manos intentas golpear los sueños de otro pronto te darás cuenta que serás el primero en salir sangrando.

Ya sabéis que soy muy de historias, de poner dedos en llagas y cauterizar con letras mis heridas del alma. Anoche viví, además de todo lo anterior que ya es inmenso, una pequeña historia, una historia de magia, ingenua y fascinante. Me dejó marcado, me arañó por dentro, esas cosas que pasan cuando estás tan metido en lo evidente, en lo racional, que un soplo de magia se queda para siempre a un suspiro de tu pensamiento. Como me he dado, circunstancialmente, a esto de la interpretación no voy a escribir esta historia, por ahora, pero si me tienes delante, al calor de una copa de vino, te la contaré, con pelos y señales, y entonces, todo lo grande, todo el despliegue físico, las horas de duermevela, los nervios mordiendo el estómago. Solo entonces, todo vuelve a tener sentido.

Y es que la historia la escribimos todos, y no existe libro donde este todo el conocimiento eterno y universal, ni bálsamo de fierabrás ni yelmo de mambrino que te salve de lo malo, pero para eso hay que seguir viviendo el sueño, seguir soñando la vida como si hubieras salido de un libro.

viernes, 6 de julio de 2018

Donde anidan los sueños


Aunque no soy muy dado a recordar mis sueños, hace algún tiempo tuve uno que recuerdo muy nítidamente. Algunos allegados me han oído hablar de él como si hubiera venido a mí de una forma profética. Lo adorno con ojos ávidos por la emoción que desgrana su historia, por lo que dice, y lo que no dice, de mí y porque enseña algunos recovecos de mis pensamientos más urgentes. Lo adopté como una bandera, me inyecta un veneno en la sangre que me reconcilia con mis ascendentes.

Esto, unido a otras catástrofes de la vida, me llevó a tomar una decisión. No era una elección cualquiera. Era una de esas que levantan ampollas donde nadie las ve, de esas que te dejan los cimientos como un colador, las que te llevan a un destino para el que no sabes que equipaje llevar en una maleta llena de huesos del pasado, ecos de presente y pespuntes mal hilados de incierto futuro.

Hace poco, desde que tomé esa decisión, la configuración de mi vida ha cambiado de cero a cien sin freno de mano que la sustente. Desde entonces han caído reinos, he sentido la fría aguja de la incomprensión, he sentido lazos que se han convertido casi en pilares de mi propio pensamiento y he reiniciado un camino, un paisaje único,hacia una porción de cielo, rodeado de maleza que había que segar, limpiar y guardar antes de que el viento de otras tormentas, de otras hogueras, se encargaran de calcinar.

Y heme aquí, en el epicentro de mi propia vida tratando de generar una nueva forma de vida, un cayado que sustente un palacio que de tanta letra se ha quedado iletrado, un tafetán de verdes ramas de un fresno que se deshoja ante mis ojos, un ir y venir de voces que dicen, hacen, deshacen, ríen y  juegan a saber que pasa por mi cabeza, aliviada del peso de mi propia incertidumbre y un puzle de metáforas que siempre han sido el escudo de mi lenguaje para contarlo todo, lanzarlo al aire como semillas, sin aclararte si son semillas de sandía, de amapola o de luz.

Y así he vuelto a la luz de mis propias historias, de mis juegos de niño para conseguir a mí alrededor un universo personal y de mi propio perfeccionismo que a veces roza la ingenuidad. Bajo el ungüento de poder tumbarme sobre la hierba, como hago en el momento que pienso estas palabras, en mi jardín particular de los senderos que se bifurcan, veo que después de girar ciento ochenta grados en mi peregrinaje todo lo bueno permanece y todo lo malo se aleja, que las escamas de dragón que tan comúnmente me acompañaban, probablemente eran un escudo a males mayores, se relajan y caen a mis pies rendidas por tantos esfuerzos y que al levantar la vista veo el hilo rojo… esa patraña que nos vendieron de que estamos enganchados a un cable rojo que estuvo, está y estará para siempre anclado en el corazón de otra persona.

Existen esos cables, pero esos cables alimentan el alma y son de quita y pon, y cada cierto tiempo o los cables se regeneran o la comunicación se rompe, y no es cuestión de armarse de valor y romper con los cables que nos provocan electroshocks, sino que más prometedora será la vida que a su alrededor consiga el mejor torbellino de cables, unos rojos, otros azules, muchos verdes, el tuyo naranja, el de aquel tirando a gris y convertir tu línea de vida en un trasunto  alegre de colores en vez de un cementerio de prisas.

Y para que la prisa se vaya y la vida siga, remarco la importancia del aquí, la importancia del ahora, del esfuerzo, del trabajo interior .Sí, esto también lo propone el mindfullness y otras tantas doctrinas “moernas” que beben superfluamente de filosofías milenarias para convertirse en un remedio de “todo a cien” para gente estresada que prefiere pagar para que le “ayuden” a meditar que atreverse a lanzarse a los abismos de su mente a trabajar su subconsciente).


En esta “mesa de trabajo” se han organizado exposiciones, se ha pintado, se han construido máquinas extrañas, se han escrito cortos, se han ensayado conciertos, se ha hablado de psicología, de literatura, de arte, fotografía y magia, de negocios posibles e imposibles, pero sobre todo se ha comido, se ha tomado café en alargadas sobremesas, se ha reído y se ha respetado el momento, el aquí, el ahora.
Probablemente se puede sobrevivir en cualquier lugar del mundo, pero para vivir el aquí, el ahora, de una forma consciente hay que saber interpretar tus sueños.



jueves, 12 de abril de 2018

#Yoleopoesía


Anoche todas las madres del mundo quisieron tener un hijo como él. Un hijo nervioso, al borde de las lágrimas leyendo poesía ante un auditorio. Y ese hijo, poeta, enviado, deleitó al auditorio. No sé si será un muñeco roto de esta sociedad de usar y tirar. Pero sé que su minuto de gloria alimentará su alma durante muchos libros. Yo supe lo que es leer algo que está escrito para tu madre y no hacerlo hasta tenerla delante, a ella y a mucha gente más (una veintena, hablamos de poesía, no vayamos a volvernos locos). Y te sientes como si fueras tan pequeño y tan grande, tan valiente y tan insignificante, que en ese lío de tripas que suben y bajan ves lo que sobra y lo que falta en tu vida, te abre las puertas a los rincones más escondidos de tu mente, porque es la llamada al principio de la vida, a salir del túnel, a bucear en las tinieblas.

Anoche el tiempo se detuvo, pasó César Brandon, un ángel, un privilegiado en un mundo de gente que corre de aquí para allá y para los que el tiempo nunca es suficiente. Yo, que no soy un velocista, soy más caminador de fondo, me permito un “lujo de ricos” que es ver crecer las flores en la cuneta del camino, pasar las noches en vela pensando en las estrellas y escribiendo historias, poemas, opiniones que quien sabe si las leerá alguna vez alguien.

Hubo un tiempo en que los poetas fueron faros de luz en las tinieblas de la gente, en una península donde antes de los romanos ya existían los Tartessos que, se intenta probar científicamente, ya hablaban en verso. Luego vendrían los poetas líricos romanos (Alceo, Safo, Anacreonte), los dos poetas épicos (Homero y Hesíodo) y los trágicos (Esquilo, Sófocles y Eurídipes), evolucionaría a través de Petrarca y se convertiría en oficio de juglares ya en la Alta Edad Media, asentándose tranquilamente en el corazón de hombres formidables como Góngora, Manrique, Quevedo y más tardíamente en Rosalía de Castro, en Federico García Lorca, Rafael Alberti, Gloria Fuertes, Emily Dickinson, Mario Benedetti y tantos que he leído y que me siguen salvando las horas de viajes en tren y las noches en vela.

 Quizás ha llegado el momento en que miremos de nuevo a esas luces, leamos un poco de poesía, y empecemos a entender un poco lo que nos dicen esas voces, que salgamos a disfrutar de recitales como yo hice algunas noches de Madrid, que tenga siempre preparado en el bolsillo del abrigo, en el cajón de la mesita, un breviario de poemas que llevarme a la boca como un caramelo. No es cuestión de leerse un libro de poesía en un día. La poesía duele. Se sirve en pequeñas dosis, se lee un poema, a lo sumo dos, y se piensa en si estoy de acuerdo o no con el poeta, o si yo lo hubiera escrito diciendo otras cosas. Y en ese eterno fluir nos daremos cuenta de que todos podemos ser creadores, respetando siempre a los que ya llevan mucho camino recorrido en esa dirección, por supuesto.

Y es que poesía, que proviene del griego, significa “hacer, fabricar, engendrar, dar a luz, obtener, causar…crear” todos esos adjetivos que juntos se nos hacen tan valiosos ¿O no es acaso eso lo que queremos hacer en la vida?

Por eso en cuanto escuché a Brandon me retorcí por dentro, lo volví a escuchar y corrí a la librería más cercana a comprarme ese, su primer libro, y ahora me congratulo de que haya sido ganador de got talent (un formato publicitario que aunque me parece que busca la historia fácil y el camino demasiado recto hacia las masas, me alegra que haya abierto las puertas y coronado al poeta, al faro de la intuición, a la voz del pueblo desde abajo y no desde arriba).

Y dado que escribo porque quiero, pero el deseo (no la necesidad) es ser leído. Te lanzo este pequeño hechizo, un anzuelo de comprensión, un testimonio de que yo también valoro a los que leen. ¿Puedes escribir en los comentarios de facebook #yoleopoesía. Así sabré que has parado el tiempo para leerme, que estás de acuerdo conmigo…

que esta guerra sigue sin estar perdida…

viernes, 23 de marzo de 2018

Artillería gráfica


Ayer fue un día particular, después de toda una mañana combatiendo todas las soluciones gráficas de un encargo pude escaparme, in extremis, a Madrid, pasar a tomarme un café en el Secuestrador de Besos, colarme en Traficantes de sueños donde Inventa Editores hacía una presentación del último libro del activista gráfico Malagón, que podréis conocer de el Jueves, Marca, El País o Tiempo. A su lado, para repartir opinión sobre el peso que recae en los hombros del humorista gráfico, Eneko. Recuerdo cuando empecé a estudiar, hace unos añitos ya, que cada mañana de camino a la facultad me asaltaban in fraganti, con premeditación y alevosía, tres repartidores de prensa en la misma esquina del portal donde vivía, donde no tenía escapatoria, y que terminaba con tres periódicos gratuitos debajo del brazo, el 20 minutos, el Metro y otro del que ni me acuerdo el nombre.

Por aquel entonces no tenía reparos en decir que estos periódicos eran de un sensacionalismo tan explosivo que termine por llamarlos “terrorismo informativo”, como si los demás de pago no lo fueran, claro, pero aún era joven y resistente. Tengo que reconocer que con el tiempo me fui quedando con el 20 minutos, del que tan solo leía el horóscopo y la tira cómica de Eneko cuyos mensajes me parecían ecos roncos en un pozo ciego. Luego seguí a Eneko por el jueves, interviú (juro que solo la compraba por las tiras de Eneko, por supuesto XD) y de ahí empecé a crear un gusto críptico por el género del humor gráfico que también se nutría del todopoderoso Forges, de las historias fermosas de Fer, del Ángel Sefija de Mauro Entrialgo, un Roto para un descosido o finalmente un Malagón en Estado Crítico.

Y en un Estado Crítico se presentó este libro de Malagón, con la compañía de Eneko y la moderación de Inventa editores, que no solo me regaló este libro sino que me invitó a asistir a una velada llena de anécdotas sobre las tripas del humor gráfico, sobre las líneas rojas de la censura y sobre la vida solitaria del dibujante gracias a la cual el resto de dibujantes, que allí estábamos, nos sentimos un poco más acompañados.

Una labor, la del dibujante, plagada de escaleras de Escher que no se sabe a dónde llevan, reflujos de subida y de bajada, una vida de incertidumbres pegadas a una silla y finalmente un sentimiento de desnudo ante el mundo cada vez que sueltas una opinión que puede ser fogueo o bomba. Al final esta velada acabó donde acaban todas las grandes discusiones. En un bar.

Perdón que hoy no dibuje, mejor cedo el honor a Eneko y Malagón.



jueves, 22 de marzo de 2018

Un poquito de sal y... Pimienta



Maestro Díaz Pimienta, ayer tuve la suerte inmensa de disfrutar, casi por azar, de su sesión de repentismo, de su duelo de gallos sin rival, y sobre todo de sus tremendos malabares con el verso. Yo, como tú, paso frío en Guadalajara pues soy también de sangre caliente, del sur del sur, de La Habana europea, cuna también de poetas y truhanes.

Y también nací poeta, se lleva en el adn, y curiosamente soy repentista, pero no de la dialéctica, sino de la visual y gráfica, nací con un boli bic debajo del brazo y la búsqueda constante de un lenguaje que nada se parezca a lo que ya sé. Es por eso que dibujar junto a usted, a la velocidad del pensamiento, se convierta, de aquí en delante de un reto importante en mi aún pronta trayectoria.

Es por ello que ayer, aterrorizado, cerré mi libreta, me sumergí en las sombras, y llegué a casa bombeando una derrota, de esas que hacen daño, de esas que te destrozan, pero que dejan una semilla negra que brotará, mañana, pasado, dentro de una década…para entonces, Maestro, quiero que esté preparado.

Así como soy de sangre caliente, soy de verso libre, de prosa poética de las que atan palabras a la boca hasta que tiran del corazón, pero cuando veo una demostración, como la que ayer diste, a ver quién es el guapo que se resiste a escribir hoy una décima, si estima en algo la vida. Así pues, Maestro, aquí lleva en décimas, en su lenguaje, el homenaje que le dedico.


Como genio repentista
quiero arrodillarme a sus pies,
quiero sentir a flor de piel
lo que sienten los artistas,
cuando salen a la pista
los iluminan los focos,
hasta le brillan los ojos
y yo sentado en mi butaca
dejo llegar sus palabras
y las dibujo con gozo

Y las dibujo con gozo
porque es lo que mejor hago,
aunque me cueste trabajo
hay que arrastrarse en el lodo
para encontrar algo precioso
que yo, repentista visual
intento trasmitirlo igual
sin pretender modificarlo,
aunque de cuando en cuando
dejo a mi corazón actuar.

Dejo a mi corazón actuar
con palabras que recibo,
y es por ello que le escribo
sin intención de molestar
que entre poetas sin piedad
es darle un trago de vino,
desearle un buen destino
lejos del frío invernal
y nos volvamos a encontrar
otra vez en el camino.

otra vez en el camino
más bien tirando al sur del sur
un jardín que tenga más luz
y los poetas sean divinos.
Es de allí de donde vino
un buen día este plebeyo
Con un collar en el cuello
y sus sueños por bandera
sin saber lo que le espera
para perseguir sus deseos.

De gaditano a cubano,
de aprendiz a Maestro,
no se trata de un secuestro
aunque le tiendo la mano
a un duelo entre hermanos,
del malecón a la playa
del papel a la palabra
hasta dibujar cada verso
y en sus poemas el reverso
de lo que mis ojos captan…