Cae el sol, vuelven las interminables montañas de quehaceres
que el verano aparcó en el último rincón de su memoria, vuelven las mismas
oscuras golondrinas de otros otoños y empezamos a ver el túnel. Aunque sepamos
que al final hay una luz solo vemos el túnel, y el invierno esta llegando con
sus caminantes blancos pegados a sus móviles, inertes, retazos descuidados y
metálicos de un collage de hojas caídas.
Dicen que no hay roca perfecta, que hasta la más perfecta manzana
puede estar podrida por dentro sin duda aparente, pero… ¿Quién consigue ver a
través de las ventanas de otros? ¿Quién aprende en cabeza ajena? Es tu camino,
es tu maleta y tu cajón desastre y aquí hemos venido a jugar, a hacer lo que
mejor sabemos, y para ello no podemos quedarnos mirando dulcemente como otros
se llevan los pasteles a la boca, hay que buscar todos los ingredientes y hay
que amasar la mezcla.
¿Y la receta? Toma nota, un par de mudanzas ayudan a valorar
y desprenderse de lo innecesario, un viaje donde todo lo necesario te quepa en
un mochila (y no estoy hablando de tumbarse en un resort), volver a una zona de
confort donde Nadie ni nada te haga ser o sentir culpable, un abrazo tierno y
sincero sin alardes de fuerza, una cena donde solo se proyecte sobre cosas que te
gustaría hacer (sin dejar paso a la autocrítica y a los problemas cotidianos
que pueblan y negativizan las conversaciones), y si eso aún no ha sido suficiente
para vaciar tu organismo de cuerpos extraños (corpus alienum) un baño caliente de veinte minutos donde sumerjas
todo el cuerpo bajo el agua y te dejes sentir. Somos agua, escúchate.
Algunos dirán, es muy fácil largarse, es muy fácil no
afrontar los problemas de cara. Hay que afrontarlos, no estaría hablando de ello
si no supiera que tú que lees esto, estés soportando el nauseabundo olor que
desprenden las cloacas del Alma, porque haya gente que no te entiende, porque
no terminen de salirte las cosas bien, porque ya no puedas más y quieras
dejarlo todo. Solo te levanto una tapa, te tiendo una mano, para señalarte que
la prioridad es conocer tus límites, que los reconozcas y los ilumines. Que no
hay mayor fortaleza que conocer tus debilidades, que no hay mayor pasión que
hacer Humor de un árbol caído, y para nada encender grandes hogueras.
Que no hay mayor signo de sabiduría que callar, que no hay
mejor conversador que el que oye y que no vas a llegar antes al lugar que te
propones corriendo más, porque las utopías son como los horizontes, por más que
avances hacia ellas, ellas seguirán alejándose igual de rápido y lo único que
hay entre tú y ellas es una gran masa de Tiempo.
Dicen que la única manera de retar al Destino es salirse del
círculo, cuando el deber te empuja hacia el pozo de tus desastres, la mejor
fuerza es la que no haces, dejar de empujar y desbloquear el paso para que el
Tiempo se caiga de bruces, a tu lado, para que termines entendiendo que no es
más que un perrito faldero que está buscando la manera de divertirse contigo.
Cuando estemos preparados para salir de nuestro eterno
retorno (cada cual que estudie su pasado y sus antepasados y lo comprenderá)
podremos cambiar el aura de nuestro destino, y seremos lo que queramos ser y no
lo que nuestros hados nos deparan, lo que se espera de nosotros y
comprenderemos que la vida tiene una serie de tuercas y engranajes que nos
ayudan a hacerla un poquito más emocionante.
Esto no es ni más ni menos que una declaración de amor fati
(amor al Destino) y una zambullida más por las cloacas del Alma, donde se posa
todo lo que en cada viaje, en cada mudanza, nos permitimos el lujo de dejar ir,
para volvernos un poco más livianos, un poco menos ruines.
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