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martes, 21 de enero de 2020

Sueños mistéricos


Anoche me desperté sobresaltado. Lo más extraño de todo es que recordaba lo que había estado soñando, cosa que no me suele pasar, pero que cuando pasa suele ser bastante dadaísta a la par que apocalíptico. En este caso no iba a ser menos. Me encontraba dando vueltas en un lugar indeterminado rodeado de gente indeterminada, y por más que intentaba comunicarme me resultaba imposible hacerlo, no lograba hacerme entender y la gente sin rostro me miraba con la cara que se mira a un loco al que tienen miedo.

Así que pronto las calles se vaciaron y yo intentaba guarecerme en un zaguán. Antes de eso una mano vino a salvarme y me llevó con ella. Me puse a toser y sentí dolor en el pecho. Ella puso su mano sobre él y me alivió… los ojos se me agrandaron, el pecho se me infló y yo intenté decirle que la quería…pero ella no lo entendió, y no contestó, y se fue… mientras la veía marcharse una lágrima recorrió la distancia del ojo a los labios y se quedó allí salando mi boca.

Deambulé entre varias calles y al final me encontré de frente con el mar. Había en la playa un sombrero descomunal que hacía las veces de barquilla. Y me eché a la mar con algo parecido a la ilusión y también mucho miedo. En cuanto me alejé de la costa mi estómago empezó a jugarme una mala pasada y empecé a vomitar un torrente de letras sin poder parar, sin contención, sin remedio.

Me temblaba todo el cuerpo y estaba sin ropa, mientras una lluvia fina me calaba hasta los huesos. Aún no he hecho interpretaciones, aunque voy a buscar respuestas a este sueño a ver dónde me lleva…

Nunca dejará de sorprenderme ese medio enigmático y traicionero que habita en los reinos de Morfeo y del que salen muchas verdades sumergidas que merece la pena poner sobre la mesa para evolucionar.



domingo, 4 de noviembre de 2018

Detrás de la máscara


La máscara, una palabra que permite jugar con la metáfora, ese dardo directo al intelecto, casi de una forma inagotable. Hace casi mes y medio que me enfundé esta máscara y comencé a atravesar un túnel dónde por momentos no se veía luz al final. Puede ser que deambular tanto tiempo por la oscuridad me haya hecho creer que las luces de este fin de semana parecen un castillo de fuegos artificiales. Pero así es como lo siento.

A finales de agosto me maravillaba porque salía de un libro, acompañado de unos personajes de cuento que durante este último mes se han convertido en hermanos de carne y hueso, una familia muy peculiar, que no tiene motivos para dejar de crecer. Encontré a una bruja del sur que insufló voz a mis personajes de papel, y un superhéroe en busca de capa que domina como nadie el trueno y el rayo. A través de ellos encontré a un ejército de inocencia dispuesto a librar cualquier batalla que se le pusiera por delante.

Con estas peculiaridades llegó el momento, un loco buscando retos, dos payasos compartiendo hueso y como resultado una casa que de puro aburrimiento se convirtió en cáscara vacía de lo que debería ser. Llegamos, vimos y, de pura emoción, vencimos. Nos llovían las ideas, se encendían las luces y se nos vaciaban los vasos a altas horas del destino. De la manera que fuera, no voy a entrar en procesos, entregamos un proyecto de teatro inmersivo. No puedo estar más de acuerdo con la expresión, ha sido la experiencia más inmersiva de mi vida.

El guión fue una sucesión de casualidades cogidas con los palillos de una realidad que no nos hemos tomado la delicadeza de explicar (para eso están los epílogos como este) que se fraguan en las bambalinas de la escritura. Leopoldine, nuestra pequeña y misteriosa Leopoldine, fue la hija real de un célebre escritor, Victor Hugo (sí, nuestro Victor, el que aporrea las mesas) que tras la muerte de su hija, no por asesinato sino por accidente, provocó en el escritor tal estado de conmoción que empezó a frecuentar y organizar sesiones de espiritismo para intentar contactar con la difunta. Ese fue el disparador literario de una historia de fantasmas ambientada en una época victoriana que nos salía en todas las papeletas. Una vez liberados de los atados de la historia, forjamos los postulados del teatro inmersivo con la esperanza de pescar ideas en aguas que nos vinieran bien para el contexto. Llegaron las máscaras, llegó el circuito por una casa abandonada donde se respira teatro y llegaron la magia del sonido y la luz que nos han acompañado durante todo el proceso de creación.

Y llegó el momento de vestir a los personajes, de hilar una historia que los incluyera a todos, de rizar el rizo de todo lo que habíamos visto. Surgieron de las entrañas de nuestros pensamientos muñecas, niñas, un carnicero de almas, un ama de llaves con acento ruso, un cura abyecto, personajes todos surgidos de un imaginario colectivo pero con fines literarios dentro de este laberinto con forma de obra escénica.

Laberinto en cuyo centro se ha ido formando un estanque del agua de dos inundaciones que a punto han estado de llevar al limbo este nacimiento, estanque regado por las lágrimas de dolor de los participantes, otitis, fiebres, estrés, miedos escénicos, operaciones, hospitales e incluso una pérdida irreemplazable que congelaba la sangre de las venas de los que remábamos más cerca de la proa de este barco mecido por la tormenta. Bajo todo eso se ha extendido un manto de compañerismo, de ternura infinita, de mirar más a los ojos del de enfrente que a las cicatrices del propio cuerpo para confeccionar una red de confortable aspecto para mimar los tormentos personales. Un engranaje humano, un reloj infinito que finalmente ha bombeado terror, misterio y arte a partes iguales.

Bien lo decía mi personaje en la entradilla, “si viniste a buscar fantasmas por curiosidad o por morbo ya puedes quitarte esa máscara y salir por esa puerta...” aquí la sangre no ha sido más que un ligero sesgo en las lágrimas de unas niñas y la carne, bueno la carne incluso nos ha constado algún que otro disgusto sensitivo. Al final del velo lo mejor de este proyecto han sido los abrazos antes de empezar las funciones, los comentarios sobre los espectadores en la tregua entre escenas, los pequeños descansos para llenar la tripa de sueños y chocolate, las cañas con tonito después de cada ensayo, el noniná, el sonido de un piano o un violín siempre de fondo y en definitiva el trasiego de una familia forjada por amor al arte (aunque detesto el sentido malversado que ha devaluado esa frase) y que siento en lo más recóndito de mi alma que acabará sembrando, con aires de renovación, un nuevo amanecer cultural.

Y los que aún no crean en los sueños que sigan alimentando fantasmas en el fondo de sus conciencias.



viernes, 6 de julio de 2018

Donde anidan los sueños


Aunque no soy muy dado a recordar mis sueños, hace algún tiempo tuve uno que recuerdo muy nítidamente. Algunos allegados me han oído hablar de él como si hubiera venido a mí de una forma profética. Lo adorno con ojos ávidos por la emoción que desgrana su historia, por lo que dice, y lo que no dice, de mí y porque enseña algunos recovecos de mis pensamientos más urgentes. Lo adopté como una bandera, me inyecta un veneno en la sangre que me reconcilia con mis ascendentes.

Esto, unido a otras catástrofes de la vida, me llevó a tomar una decisión. No era una elección cualquiera. Era una de esas que levantan ampollas donde nadie las ve, de esas que te dejan los cimientos como un colador, las que te llevan a un destino para el que no sabes que equipaje llevar en una maleta llena de huesos del pasado, ecos de presente y pespuntes mal hilados de incierto futuro.

Hace poco, desde que tomé esa decisión, la configuración de mi vida ha cambiado de cero a cien sin freno de mano que la sustente. Desde entonces han caído reinos, he sentido la fría aguja de la incomprensión, he sentido lazos que se han convertido casi en pilares de mi propio pensamiento y he reiniciado un camino, un paisaje único,hacia una porción de cielo, rodeado de maleza que había que segar, limpiar y guardar antes de que el viento de otras tormentas, de otras hogueras, se encargaran de calcinar.

Y heme aquí, en el epicentro de mi propia vida tratando de generar una nueva forma de vida, un cayado que sustente un palacio que de tanta letra se ha quedado iletrado, un tafetán de verdes ramas de un fresno que se deshoja ante mis ojos, un ir y venir de voces que dicen, hacen, deshacen, ríen y  juegan a saber que pasa por mi cabeza, aliviada del peso de mi propia incertidumbre y un puzle de metáforas que siempre han sido el escudo de mi lenguaje para contarlo todo, lanzarlo al aire como semillas, sin aclararte si son semillas de sandía, de amapola o de luz.

Y así he vuelto a la luz de mis propias historias, de mis juegos de niño para conseguir a mí alrededor un universo personal y de mi propio perfeccionismo que a veces roza la ingenuidad. Bajo el ungüento de poder tumbarme sobre la hierba, como hago en el momento que pienso estas palabras, en mi jardín particular de los senderos que se bifurcan, veo que después de girar ciento ochenta grados en mi peregrinaje todo lo bueno permanece y todo lo malo se aleja, que las escamas de dragón que tan comúnmente me acompañaban, probablemente eran un escudo a males mayores, se relajan y caen a mis pies rendidas por tantos esfuerzos y que al levantar la vista veo el hilo rojo… esa patraña que nos vendieron de que estamos enganchados a un cable rojo que estuvo, está y estará para siempre anclado en el corazón de otra persona.

Existen esos cables, pero esos cables alimentan el alma y son de quita y pon, y cada cierto tiempo o los cables se regeneran o la comunicación se rompe, y no es cuestión de armarse de valor y romper con los cables que nos provocan electroshocks, sino que más prometedora será la vida que a su alrededor consiga el mejor torbellino de cables, unos rojos, otros azules, muchos verdes, el tuyo naranja, el de aquel tirando a gris y convertir tu línea de vida en un trasunto  alegre de colores en vez de un cementerio de prisas.

Y para que la prisa se vaya y la vida siga, remarco la importancia del aquí, la importancia del ahora, del esfuerzo, del trabajo interior .Sí, esto también lo propone el mindfullness y otras tantas doctrinas “moernas” que beben superfluamente de filosofías milenarias para convertirse en un remedio de “todo a cien” para gente estresada que prefiere pagar para que le “ayuden” a meditar que atreverse a lanzarse a los abismos de su mente a trabajar su subconsciente).


En esta “mesa de trabajo” se han organizado exposiciones, se ha pintado, se han construido máquinas extrañas, se han escrito cortos, se han ensayado conciertos, se ha hablado de psicología, de literatura, de arte, fotografía y magia, de negocios posibles e imposibles, pero sobre todo se ha comido, se ha tomado café en alargadas sobremesas, se ha reído y se ha respetado el momento, el aquí, el ahora.
Probablemente se puede sobrevivir en cualquier lugar del mundo, pero para vivir el aquí, el ahora, de una forma consciente hay que saber interpretar tus sueños.



sábado, 25 de enero de 2014

Somos lo que elegimos ser

El sueño viene cada noche para acariciarnos con su dulce velo de descanso. Sin él no seríamos más que trozos grises de existencia, masas informes sin impulso vivo. El hombre de arena es el guardián de ese sueño, el piloto automático de la nave en las horas del ocaso y, ya de paso, el proyeccionista de tus aventuras al otro lado del espejo. No obstante, el nunca viene sólo y no siempre su compañía nos gusta. Su hermana mayor, Muerte, es su favorita, la que susurra desde las sombras que cada vez te queda menos para cruzar el Aqueronte. Su otro apoyo quizás sea Delirio, la que distorsiona tus pensamientos con su particular visión del mundo, mientras saca de paseo a sus peces payaso.

Existen otros hermanos, existen otros mundos. Existe Destino, que vive ciegamente encadenado al libro de los designios mientras deambula eternamente por el jardín de los senderos que se bifurcan. Existen las mellizas Deseo y Desesperación que moran en lo más oscuro de los pensamientos de los que han dejado de vivir y existe Destrucción que dejó su reino al caos y al azar para dedicar su vida a su contrario, a crear.

Estos son los Eternos, los dioses de los reinos más dispares de las sensaciones humanas. Los que gobiernan tu mente cuando estas dormido o despierto. ¿En quién vas a pensar? Vas a abrir un libro y pensar en Destino, o vas a temer a Muerte en los ojos de cada sombra que se te acerca, o bien vas a dejarte mecer por Deseo hasta que te lleve a la Desesperación. O puedes Destruir lo que te pasaste años levantando. Al final de todo ello, con suerte, te quedarás en los territorios del Delirio balbuceando como un loco sin sentir mucho más y, con más suerte aún, quizás Oniros te lleve una noche más a su reino y en él te enseñe un camino vedado, una llave hacia un objetivo que cumplir, así que cuando estés en el palacio de los sueños aprovecha para ser de verdad lo que elijas ser…


viernes, 7 de junio de 2013

Cartografía onírica


La Cartografía Onírica es, sin duda, la resignación de la razón a dejar brotar al líquido amniótico que rodea la isla de las sensaciones, anclada a la ribera cerebral del hemisferio derecho.
El mar, mil veces transitado, salado cien veces con las lágrimas de la rabia y la desazón está lleno de barcos hundidos, de dragones de temporada, ballenas en extinción y veleros de papel osados, sin rumbo y a la deriva.
No esperes el momento de dar el salto a cualquier rincón de la mente, al ultramundo de lo vivido, viviendo y por vivir, flotando dulcemente en un espacio sin tiempo y sin nadie que venga a modificarlo. Es el paso siguiente a dar el paso hacia el oscuro velo de lo desconocido. Y esto es un mapa ahora, en este preciso instante, pero dentro de un minuto será una acequia poblada por un macizo de flores de siete colores, luego una partitura dedicada al rey de Persia, luego una mirada cálida seguido de una sonrisa, luego…

Marca tu itinerario, cada uno tiene sus propias islas, sus propios rincones, cabos y arrecifes. Puedes arribar en la ensenada del arte, hacer un crucero por el golfo mágico visitando el archipiélago de verso y prosa o viendo atardecer desde la isla de trazos. O los más osados pueden dejarse llevar por el oleaje de las islas danzarinas. Cualquier ruta es buena, cualquier lugar es bello si forma parte de tu Cartografía Onírica.